Hoy es martes 16 de julio de 2014. Mientras escribo estas
líneas, el ejército israelí se apresta a entrar con sus tanques en la Franja de
Gaza. Ha fracasado la tregua propuesta por Egipto, los bombardeos continúan y
Hamás sigue lanzando cohetes qassam al tiempo que llama a los palestinos a
resistir hasta la última gota de sangre. El mundo está en vilo. Muchos temen lo
peor, como si lo peor ya no hubiera ocurrido. En Occidente se redoblan los
pedidos de cese al fuego. Se multiplican las condenas al estado de Israel y,
por si fuera poco, se renuevan las maldiciones contra los judíos.
Por estas horas, también, todos repiten a coro que Medio
Oriente es un volcán a punto de estallar, pero la mayoría olvida señalar que
Israel es el único país democrático de la región, enclavado en el borde mismo
de ese cráter, siempre expuesto a los imprevisibles avatares de una
irracionalidad política y religiosa que cada tanto suele sorprender al mundo
con baños de sangre tan inútiles como dolorosos. Líbano, Siria, Libia, Egipto e
Irak, son apenas algunos nombres de una geografía del horror que no cesa.
Medio Oriente es un volcán en erupción constante,
alimentado por sátrapas inescrupulosos que han hecho del Islam y del petróleo
sus cartas de triunfo, con las que chantajean a diestra y siniestra. A esa
caterva, apañada a escondidas por algunas potencias de Occidente durante los
últimos dos siglos, se le debe agregar el fanatismo de los grupos
fundamentalistas que, peleados a muerte entre sí, chapotean en la más cerril de
las ignorancias y son capaces de creer que un bombazo en un mercado atestado de
gente no es sino un mensaje del Altísimo, y que los infieles deben ser
reducidos y conquistados o, en su defecto, exterminados.
En ese volcán árabe hay ricos y pobres, hay buenos y
malos, hay guerreros y santones. Todos ellos están unidos en la sagrada empresa
de borrar a Israel de la faz de la tierra. Desde el gran muftí de Jerusalén a
los ayatolas iraníes, hasta el nuevo califa de Siria e Irak, durante décadas se
ha alimentado el odio a los infieles en general y a los judíos en particular,
al punto de colaborar estrechamente con la Alemania nazi para mejorar la
performance de los pogromos en Palestina, y de negar después el Holocausto del
que ellos mismos fueron cómplices. Mohamed al Hussein, líder histórico de los
musulmanes palestinos, es el más execrable ejemplo de dicha conducta.
Ahora Occidente, en un gesto que procura ser
«políticamente correcto», le pide a Israel mesura. Muchos son los que
consideran la respuesta judía en Gaza como un acto desproporcionado y cruel.
Acompañando esos criterios, aquí y allá aparecen, una vez más, señales claras
del más deleznable antisemitismo. Hay quienes opinan que los bombardeos de
Israel deberían cesar de inmediato, pero suelen olvidar que los cohetes de
Hamás caen desde hace trece años de forma ininterrumpida sobre el territorio
israelí. Ayer mismo, Israel aceptó unilateralmente el alto al fuego propuesto
por Egipto. Lo único que obtuvo a cambio fueron más cohetes qassam lanzados
desde Gaza por los combatientes de Hamás.
Mahmud Abás, el presidente de la autoridad palestina,
parece no tener ningún poder real en Gaza, excepto que siga los dictados de
Hamás, que posee por supuesto su milicia, que es «el brazo armado del
pueblo palestino». Como tal, ese brazo que además de armado es teocrático
y corrupto, decide cuándo y cómo incrementar las hostilidades, de qué manera
continuar la guerra de liberación, qué demandas hacer en cada caso y qué
alianzas propiciar para continuar con el jaqueo al enemigo sionista.
Su misión principal es mantener el chorro de lava
fluyendo hacia el cráter del volcán, con la esperanza de que Israel se incendie
de una buena vez. De nada sirve señalar que ha sido esa política de hostilidad
y crimen la que ha provocado el bloqueo de Gaza, por el que sufren cada día más
de un millón y medio de habitantes de la franja. Tampoco sirve agregar que
buena parte de la actual miseria en la zona se explica por el manejo venal que
hace la propia autoridad palestina de los cuantiosos fondos enviados por países
europeos desde hace años como ayuda humanitaria.
Lo extraño es que una parte de las élites intelectuales
de Occidente ha ratificado una vez más, por la vía de los hechos, que ve con
buenos ojos esa estrategia antijudía. Como si la causa del pueblo palestino
fuera la causa de Hamás o de sus ocasionales aliados, hay catedráticos,
escritores y periodistas europeos, latinoamericanos y estadounidenses que
consideran a Israel como el verdadero enemigo de la paz en Medio Oriente, el
verdugo de una población atrapada en una guerra sin fin. Sin ir más lejos, la
columna escrita desde Gaza por Robert Turner, director de operaciones de ONU
para Palestina, y publicado hoy en el diario El País de Madrid, es un buen ejemplo
de esa postura.
La realidad es que los verdaderos verdugos del pueblo
palestino son sus líderes religiosos y militares, que estimulan esa guerra y la
provocan. Desde su propia carta constitutiva, dada a conocer en 1988, Hamás se
propuso el exterminio del pueblo judío. Además de desconocer la resolución de
la ONU respecto a la creación de dos estados en la antigua Palestina, su
vocación inequívoca es la muerte de todos los judíos, allí donde se encuentren.
Cito: «Los árboles y las montañas gritarán ¡Oh, musulmán! Un judío se
esconde detrás de mí. Ven y mátalo».
Por otra parte, es larga la lista de organizaciones, como
Amnistía Internacional, que han denunciado de forma sistemática las campañas de
terror de Hamás dentro de la propia Franja de Gaza. Han acusado una y otra vez
a los dirigentes del grupo de ocupar temporalmente casas de familia para
instalar lanzaderas de cohetes y puestos de comando, de reclutar a niños
palestinos para adiestrarlos en la fabricación de bombas, de pregonar que los
atentados suicidas son una forma posible de ayudar a las familias pobres para
que reciban asistencia económica y social. Los han acusado también de asesinar
a sus propios conciudadanos. A unos por considerarlos informantes de Israel, a
otros por ser herejes o por desconocer las leyes del adecuado comportamiento de
un musulmán, y a otros más por negarse a colaborar con la lucha.
Cabe preguntarse entonces por qué respetables hombres de
ciencia, artistas y políticos, tanto en Europa como en América, consideran a
Hamás una organización lo bastante seria como para atender sus reclamos y
justificar sus crímenes. Tal parece que en Occidente hay dos varas para medir,
o que a veces el miedo puede más que la decencia. Hay hasta gobernantes que
sienten temor de lo que puede llegar a ocurrir si se malquistan con los
mensajeros del Islam. Como quedó demostrado en el pasado reciente, el largo
brazo de la yihad es capaz de llegar a cualquier rincón del mundo.
En aras de la paz, los dirigentes políticos y los
formadores de opinión en Occidente no deberían ceder al temor y al chantaje del
fundamentalismo islámico. Decir la verdad de los hechos siempre conlleva
riesgos, pero la paz bien los merece. Luchar por ella implica, antes que nada,
desenmascarar la atroz mentira que ha colocado a los victimarios como víctimas
y a los judíos como verdugos. La realidad es no solamente más compleja, sino
radicalmente distinta. Israel está instalado en el cráter de un volcán atizado
por enfurecidos musulmanes, que se han negado de forma sostenida a cualquier
tipo de coexistencia.
Israel ha tratado, desde su misma conformación como
Estado, de convivir con esos mares de lava hirviente que se le vienen encima.
Lo ha hecho como pudo, se ha defendido con uñas y dientes ante la mirada por
demás apática ?en ocasiones inclusive hostil? de amplios sectores de la
población occidental. Habría que preguntarse cuánto han influido esa apatía y
esa hostilidad en la profundización de las estrategias terroristas de Hamás y
de sus aliados. Tal vez nosotros, con nuestra conducta de occidentales
políticamente correctos, no seamos del todo ajenos al hecho dramático de que
aquel volcán esté de nuevo a punto de estallar.